Un poquito de felicidad…

-Hola, buenos días. ¿Deseaba algo?

-Sí, por favor. Dos paquetes de sonrisas, un bote de alegría y un frasquito de esperanza.

-Un segundo, voy al almacén.

No había día que no visitase esa tienda. Allí encontraba siempre lo imprescindible para vivir. Había de todo: miradas fugaces, besos con sabor a viento, abrazos cariñosos, sonrisas burlonas…

Más de una vez pensé en llevarme algo sin que el dueño se diera cuenta, pero junto con todos los sentimientos, el remordimiento también rondaba por allí y, metido o no en un frasco, me hacía razonar antes de cometer atrocidades.

Oír los pasos del vendedor subiendo las escaleras me ayudó a salir de mi embotamiento mental para centrarme en lo que tenía que comprar aquella mañana de domingo.

-Aquí lo tiene. Si desea cambiar algo, dígamelo. Estoy a su completa disposición.

-Oh, muchas gracias. Tenga el dinero. Adiós.

-Adiós…¡eh, cuidado con…!

…con la caja del enfado, demasiado tarde. Tropecé con ella y mis compras salieron disparadas por los aires. Las sonrisas se hicieron añicos cuando cayeron al suelo, todas. El bote de alegría estalló en mil pedazos y la repartió por toda la tienda, pero el bote de tristeza se descascarilló un poco con una esquirla y todo acabó en desastre.

Menos mal que aún conservaba la esperanza y el dinero suficiente para comprar una cajita de buena suerte.

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